Alimentación emocional: ¿por qué podría interesarme saber algo acerca de ella?

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¿Has sentido alguna vez que no deberías seguir comiendo algo, porque te sientes saciado, pero no puedes parar (u optas por no hacerlo)? ¿Has disfrutado de una rica comida en casa de tu madre que te ha transportado a tu infancia? ¿y sentido culpa tras haber irrumpido en la cocina cual elefante en cacharería tras un duro día de trabajo y haber comido de pie, rápido, lo que pillaras con tal de sentarte en el sofá lo antes posible?

La alimentación emocional es un concepto (muy de moda últimamente) que responde a la pregunta de cómo el estado emocional de una persona puede influir, y de hecho lo hace, en la forma en la que come, sea en la forma de la ingesta (por ejemplo, impulsivamente, sin ser consciente de lo que se mete uno en la boca, …) como en el contenido de la misma (muchas personas cuando están tristes tienden a comer chocolate, ¿es un vicio o una respuesta del cerebro que te pide que comas ese tipo de alimento en ese momento?). Este tipo de cuestiones son a las que pretende dar respuesta el concepto de Alimentación emocional.

Seguramente ya solo con este primer párrafo te estén viniendo a la cabeza distintas situaciones durante estas últimas semanas en las que cómo te sentías ha influido en tu forma de comer.

Desde la Psicología se estudian científicamente las emociones, qué son, dónde se producen (ya te anticipamos que en el cerebro, no en la tripa), y cómo éstas intervienen en la forma en la que pensamos, nos comportamos, relacionamos… Así, la alimentación emocional es una forma más en la que podemos observar cómo las emociones son centrales en la configuración de cómo somos y qué hacemos.

Hay tres componentes en la mente del ser humano que debemos conocer para comprender cómo se explica este fenómeno al que muchos están llamando Alimentación emocional en redes, libros y publicaciones de más o menos seriedad. Estos tres componentes son las Cogniciones (pensamientos), las Emociones y la Conducta (comportamiento). Esto es: el ser humano piensa, siente y se comporta de una forma determinada.

Estos tres componentes se relacionan entre sí, de forma que cómo me siento influirá muy probablemente en el contenido de mis pensamientos y en mi comportamiento, y a su vez mi conducta hará que me sienta de una manera concreta, y los pensamientos que puedan surgir en mi miente también podrán influir en cómo me sienta y comporte.

La alimentación emocional entra por tanto a jugar en este juego relacional, y por ello comeré según mis emociones, y me sentiré (y pensaré) según lo que coma.

Sin embargo, la alimentación tiene distintas funciones, bien conocidas por los nutricionistas, que no suelen ser “calmar el malestar psicológico”.

La alimentación, de forma prioritaria, sirve para cubrir unas determinadas necesidades fisiológicas, ya que dota de energía y nutrientes a nuestro cuerpo, y gracias a ello se regeneran las células, y con ello los distintos tejidos de nuestro cuerpo, se forman reservas, se equilibra el sistema hormonal… Ésas son sus funciones fisiológicas. Sin embargo, no siempre que sentimos hambre, o incluso que comemos, es porque nuestro cuerpo necesite equilibrar el sistema hormonal o recuperar algún tejido, ya que a lo mejor hemos comido hace media hora. ¿Entonces? En esos casos entra lo que estudiamos los psicólogos: la alimentación como conducta social, cultural, de aproximación a otros, relacional, que nos hace compartir tiempo y satisfacción con nuestro entorno y también como conducta que utilizamos en muchas ocasiones para autorregularnos.

¿Te ha parecido interesante esta breve introducción al gran mundo de las emociones y al cómo influyen en nuestro día a día, decisiones, elecciones y acciones? ¡A nosotras nos apasiona desengranar estas relaciones, que explican tantas conductas del ser humano!

En el próximo post profundizaremos en qué hacer para gestionar sanamente el hambre emocional, a nivel psicológico, y además contaremos con la colaboración de una nutricionista especialista en ello, que dará pautas y claves muy útiles para la vida cotidiana y para no arrasar con la nevera cuando llegas cansado del trabajo.

María Bermejo

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