Ser madre y ser padre trae consigo el reto de la paciencia.
Cuidar y educar a un hijo es exigente. Implica tiempo, cambios, incertidumbre, y un aprendizaje constante. En el camino aparecen el cansancio, la frustración, y muchas veces la sensación de estar en una lucha permanente: para conseguir que duerma, que coma, que se vista, que deje de llorar, que se tranquilice, que obedezca…
Es fácil perder la paciencia. Es normal no poder más. Es agotador pasarse el día castigando, gritando o diciendo cosas que no se querían decir. Con toda la exigencia que suponen los hijos ¿se puede ser más paciente con ellos? No se puede ser perfecto. Y no se trata de intentar serlo. Pero sí se puede mejorar. Se puede mejorar el clima familiar, se puede transformar la frustración constante en frustraciones concretas y se pueden disminuir la intensidad y la frecuencia de los gritos y castigos.
A continuación veremos unas pequeñas ayudas para intentarlo.
Tiempo y espacio.
A veces lo único que ayuda a no dar ese grito es darse unos segundos – o unos minutos – antes de hacerlo. Hacer un stop. Salir de la habitación. Contar hasta 10. Pedir el relevo a tu pareja si se puede.
Darse tiempo y darse espacio para no responder de manera automática, reactiva. Distanciarse brevemente de la situación para que disminuya un poco la emoción – enfado, irritación, frustración…- y poder volver con algo más de calma.
Conocerse y anticipar.
¿Este grito ha sido porque mi hijo no me obedece, o ha sido porque he tenido un mal día y estoy de mal humor? Si estoy mal por dentro es más fácil que salte ante lo de fuera. Si estoy cansado, enfadado, irritable… va a ser mucho más difícil no perder la paciencia. Es importante intentar gestionar en otros momentos lo que uno lleva dentro. Encontrar espacios para desahogarse y para recargar batería. Hablar con una amiga, compartir tiempo de calidad con la pareja, hacer deporte, pasear…
Hay que aprender a anticiparse a uno mismo, encontrar dónde descargar y dónde apoyarse para que los hijos no acaben siendo – sin quererlo – el saco de boxeo.
Tener claros los objetivos y saber ser flexibles.
Hay que hablar y decidir en pareja cómo y para qué queremos corregir a los hijos. Cómo queremos que sea su educación. No es cuestión de una conversación, sino de ir aprendiendo y decidiendo según se vaya necesitando.
¿Por qué le regaño en este momento? ¿Realmente lo más importante ahora mismo es que me obedezca a la primera? ¿O mi objetivo es que aprenda a ponerse las zapatillas él solo? ¿Cuántas cosas puedo pedirle a la vez?
Hay que mirar a quién tengo delante: su edad, su temperamento, sus necesidades… para adaptarse y exigir según lo que haga falta. Cada niño es único y cada hijo es único. Lo que le pedimos y cómo se lo pedimos tendrá que ajustarse a la persona y a la situación. Teniendo claro por qué y para qué lo hago.
Aquí aparece un concepto clave: la flexibilidad. La autoridad es compatible con la flexibilidad. Es más, la flexibilidad debe ser parte de la autoridad, ya que la rigidez dificulta una autoridad sana y la convierte en autoritarismo. Las normas pueden tener excepciones, las normas pueden modificarse, no está mal cambiar de opinión, porque la norma no debe ser porque sí debe ser para algo.
Hay que adaptar las normas a las personas, y no las personas a las normas.
Disfrutar de los hijos.
Encontrar momentos de disfrutar en familia, de conectar con los hijos y pasarlo bien con ellos puede ser clave para la paciencia. Permite salir de la sensación de lucha constante, del hastío de pasarse el día corrigiendo, discutiendo, o el desgaste de escuchar contínuamente llantos. Ayuda a recargar batería dentro de casa, y solo no necesitar espacios o momentos externos para estar bien.
Y facilita acercarse más a los hijos, conocerlos y entenderlos mejor para poder saber qué necesitan en un momento dado (quizá no está rebelde sino celoso) o qué les puede ayudar más a salir de una rabieta (necesita un tiempo solo, o le ayuda más que me siente en silencio a su lado).
Disfrutar juntos no tiene que ser nada extraordinario. No hay sacar tiempo que no existe ni actividades fuera de lo normal. Se trata de aprender a disfrutar y a pasarlo bien con ellos en momentos sencillos del día a día. Aprovechando situaciones cotidianas para convertirlas en ratos agradables. Contándoles una historia en la cena, dejando que cocinen o bailando mientras se recoge la casa.
Termino con una cita que nos recuerda que los niños y los adultos experimentamos el mundo de manera diferente. Recordarlo y acercarnos a su mirada, a su mundo, nos puede ayudar a no ver sus desobediencias como desafíos o ganas de molestar sino como procesos propios de su edad que hay que entender, acompañar y guiar.
“Es curioso porque a ojos de mi madre siempre andábamos al ralentí, pero a nosotros nos parecía que volábamos. Supongo que esto es lo que separa el mundo adulto del infantil: la percepción del tiempo que empleamos en hacer algo.”
Maternidades precarias, Diana Oliver



